La importancia de la Sanidad Vegetal en la sostenibilidad de la agricultura

La importancia de la Sanidad Vegetal en la sostenibilidad de la agricultura

Las Naciones Unidas designaron el 12 de mayo como el Día Internacional de la Sanidad Vegetal, a fin de crear conciencia mundial sobre el hecho de que la protección de la sanidad vegetal puede ayudar a poner fin al hambre, reducir la pobreza, proteger la biodiversidad y el medio ambiente y potenciar el desarrollo económico. El Día es un legado clave de Año Internacional de la Sanidad Vegetal (2020).

¿Qué es la Sanidad Vegetal?

La Sanidad Vegetal es una disciplina que abarca un conjunto de medidas destinadas al control y prevención de plagas, malezas y otros organismos que generan enfermedades en las plantas, evitando su dispersión a otras áreas a través de la interacción humana.

Constituye un aspecto esencial para asegurar los recursos vegetales mediante ecosistemas estables y sostenibles, garantizando la seguridad alimentaria de la población mundial en la producción de alimentos aptos para el consumo humano.

A continuación se ofrecen algunos datos relevantes acerca de la importancia de la sanidad vegetal:

  • De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), anualmente el 40% de los cultivos a nivel mundial se dañan debido a las plagas. Esto genera pérdidas comerciales en productos agrícolas, calculadas en más de 220.000 millones de dólares anuales.
  • Se estima que para el año 2050 la producción agrícola deberá aumentar aproximadamente un 60% para satisfacer las necesidades alimenticias de la población, debido a su crecimiento.
  • Las plantas constituyen el 80% de los alimentos que consumimos, generando el 98% del oxígeno del planeta.
  • El incremento sustancial del comercio y los viajes internacionales incidirá en el riesgo de propagación de plagas y enfermedades de las plantas en otras áreas geográficas.
  • El comercio de productos agrícolas se triplicó durante la última década, con un valor estimado de 1,7 billones de dólares.

La agricultura y la ganadería: víctimas y cómplices del cambio climático

La agricultura y la ganadería son responsables del 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero, que al acumularse en la atmósfera trastocan todos los mecanismos del clima. El ganado libera metano (CH4) a la atmósfera y la producción de fertilizantes sintéticos genera óxido nitroso (N2O). Además, la deforestación y la degradación del suelo ayudan a que se acumule dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. Pero, por otra parte, ambas actividades son muy vulnerables al cambio climático, ya que al trabajar con el suelo y demás elementos de la naturaleza, dependen mucho del clima.

En general, se prevén más consecuencias negativas que positivas para la agricultura y, por tanto, para la seguridad alimentaria mundial. Los países en desarrollo se verán más afectados. Nos enfrentamos entonces a un doble reto: desarrollar prácticas agrícolas que contribuyan lo menos posible al efecto invernadero y adaptar los cultivos actuales a las nuevas condiciones del clima.

En primer lugar será necesario conseguir más con menos: más productividad con menos tierra, con menos cantidad de fertilizantes y utilizando menos el tractor. En segundo lugar habrá que aprender a adaptarse a un nuevo clima con mayor riesgo de desastres, inundaciones, sequías, tormentas, etc. Será necesario cambiar o desarrollar nuevas prácticas agrícolas (por ejemplo, el laboreo de conservación), aprender a aprovechar hasta la última gota de agua y poner a punto los sistemas de detección y lucha frente a plagas y enfermedades, que posiblemente lo tendrán más fácil para atacar a los cultivos.

El producto fitosanitario perfecto

Por su propia naturaleza, estos productos han de ser tóxicos, lo importante es que lo sean sólo para el organismo al que están dirigidos. El hecho de que sean productos sintéticos no tiene por qué ser necesariamente negativo: existen productos de origen natural que son tóxicos, tanto para plagas como para otros seres vivos, como la nicotina o las piretrinas. Sin embargo, los fitosanitarios actuales se diseñan para cumplir estas tres condiciones:

  • SEGURO: No peligroso para la gente que entra en contacto con ellos, ni durante su fabricación, aplicación o en el momento de consumir la comida. De todas maneras, para ser comercializado, ningún alimento debe superar el límite máximo de residuos de plaguicidas (LMR). Este valor indica que el producto se ha aplicado según sus instrucciones de uso. Aunque se rebase no supone un riesgo para la salud, ya que el nivel de residuo que se ha probado que no tiene efecto en animales de laboratorio es considerablemente menor.
  • ESPECÍFICO: Solo es efectivo contra las enfermedades, insectos o malas hierbas a las que esté dirigido. A pesar de los esfuerzos de los laboratorios para desarrollar productos muy selectivos, en los ecosistemas cercanos pueden existir seres vivos similares a las plagas y sensibles a los fitosanitarios. Las personas que manejan fitosanitarios han de aprender a utilizarlos adecuadamente para que estos tengan efecto solo en los cultivos.
  • DE VIDA CORTA: Tras provocar el efecto deseado, se deben desintegrar en componentes químicos sencillos e inocuos, que no tengan un impacto dañino en la naturaleza. De cara al consumidor, se establece el plazo de seguridad, que es el tiempo que debe transcurrir desde la aplicación del fitosanitario hasta la recolección del cultivo.

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